El Ferrari paró en el número 21 de East
Bellevue Place. Desde antes de bajar, Filos quedó admirado de la fachada
del Sutton Place Hotel, uno de los más elegantes de la ciudad de los
vientos. Al parecer, la noche terminaría mucho mejor de como se la había
imaginado: drogándose con una modelo hermosa en un hotel de lujo. Le
latía el corazón al máximo. Su emoción era tanta que no puso atención al
camino a la habitación. Tenía ojos solo para el culo de la ojiazul y
tacto para proteger su bolsa de plástico. Filos y la modelo se
detuvieron afuera de la puerta de una habitación. Antes de girar el
picaporte, la mujer advirtió al músico:
El humo no permitía ver más allá de la
mano estirada y el ruido era ensordecedor dentro del cuarto. El músico
identificó algunas notas de “Halleluwah” de Can. Sintió que se adentraba
a un lugar desconocido. La ojiazul lo tomó de la mano. Filos no la
veía, ni siquiera el perfume Chanel 5 de ella sobrevivía a la densidad
de la marihuana combinada con tabaco. Ella se sentó en el suelo sobre
una alfombra aterciopelada. Filos la imitó. A ese nivel se veía el
cuarto a medias, la altura más baja permanecía inmune al humo agazapado
arriba. Después de repasar el cuarto con la mirada, Filos se dio cuenta
de que su acompañante no se avergonzaba de cruzar las piernas en
posición flor de foto a pesar de llevar minifalda; podía ver el camino
de sus muslos blancos hacia su braga. Parecía que la mujer quería estar
acorde a la estética del cuarto y dejaba al descubierto sus niveles
inferiores. Hasta entonces, Filos reparó en que quizá la cabeza de ella
también estaba invadida por el humo, igual que la habitación. Sacó la
bolsa que La Pietra le había dado antes, se la ofreció. Ella se la dio a
una mano que apareció de la nada desde el cenit, como en una pintura
apócrifa de La creación de Adán. Otra mano entregó un churro a
Filos. Él miró hacia arriba, sólo vio nubes de marihuana. Entendió que
era un regalo de un Dios que habitaba ese cuarto. Prendió presto un
extremo del joint. Inhaló, sintió su sabor cítrico bien equilibrado y de
permanencia larga. Sacó el humo de su boca disfrutando el paso del aire
por sus labios. Intentó compartir con La Pietra, ella negó con la mano,
esperaba su propio regalo que le enviaría alguien desde la atalaya.
Mientras Filos disfrutaba de su droga, observó a La Pietra despojarse de
su ropa. La deseó, pero estaba demasiado ocupado en apurar su
cigarrillo. Una vez desnuda, la ojiazul lo observó y entonces fue el
músico quien se sintió incómodo con su vestimenta, aprensó su cigarrillo
entre sus labios y se quitó todo lo que traía. Ese Edén ya tenía a su
Adán y a su Eva; faltaba la manzana prohibida. No tardó en llegar. Una
jeringa cayó en la mano de La Pietra, la modelo flexionó su pierna para
que la planta de su pie le quedara cerca. Miró a Filos y le dedicó una
sonrisa pícara. Se picó y del azul de sus ojos comenzó a escurrir un
maremoto. Sus ojos parecían derretirse. Tanto más líquido ingresara a su
cuerpo, sus pupilas se precipitaban aún más. Ella mostró la jeringa
vacía a Filos al terminar su contenido, él aceptó con la cabeza y le dio
una última aspirada a su toque. La mano de aquel Dios le alargó una
jeringa nueva y una liga. Filos apagó su cigarro y aventó la liga a otro
lugar, no necesitaba resaltar sus venas. La aguja penetró con frialdad
su piel. Se ayudó del dedo pulgar para vaciar su contenido, lo hizo
lentamente. La heroína tomó su cauce de inmediato, el guitarrista sintió
una calidez recorrerle todo el cuerpo. La Pietra puso una mano en la
rodilla del músico. Él dejó caer su mano sobre la de ella: se
conectaron. La Pietra cerró los ojos para escuchar mejor la música de
los alemanes. El músico hizo lo mismo. Cuando los volvió a abrir, una
mujer desnuda estaba detrás de La Pietra, le platicaba algo al oído sin
quitar la vista del músico, parecía recriminarle algo. Filos cerró los
ojos de nuevo. Sintió que las yemas de unos dedos sobaban sus muslos.
Esas manos dibujaban círculos y líneas, pensó en las líneas de Nazca y
en una nave extraterrestre manejada por La Pietra desnuda. Pensó en sus
senos pequeños y en su vientre plano. En su culo. En sus ojos azules
goteando. Entonces Filos sintió frío. Un viento gélido le rasguñaba la
piel. Extendió las palmas de las manos como si fuera a rezar un “Padre
nuestro”, sintió caer unas gotas de agua. De pronto le dio comezón en la
cabeza. Peinó su pelo seco con una mano, la cual parecía ser una
escobilla que limpiaba la piel hecha tierra sobre su cabeza, mientras
los cabellos eran cachanilla desértica. Polvo eres… Llevó su
otra mano para barrer por completo la tierra que cubría su cráneo. Bruñó
el hueso, todo lo que estaba sobre de él cayó al suelo. Extendió su
mano de nuevo en posición de rezo, el chipi chipi continuaba, guardó
algunas gotas en su palma y las llevó a su cráneo para trapearlo. Se
sintió fresco. Abrió los ojos: La Pietra hacía tijeras con la mujer que
un rato antes le hablaba al oído. Filos volvió a cerrar los ojos para
dejarse caer de espalda sobre el pasto aterciopelado y dormir en ese
jardín de las delicias.
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