Is there anybody out there? Is there anybody out there?
Filos está en posición fetal sobre su
cama aún tendida. No se ha desvestido. Sus manos tocan la suela de sus
botines sucios y eso no le importa, es lo que menos le importa. La luz
de un LED de estéreo roza sus paredes oscuras, él trata de alejarse lo
más que puede de ella; pareciera que esa luz lo hiere, prefiere darle la
espalda y permanecer en la oscuridad. Cierra los ojos y se hunde en su
almohada. El random de rolas de Pink Floyd le ayuda a vaciarse. No llora
pero quiere hacerlo. Siente un infarto que no se consumará. Quiere irse
y tampoco lo logra. Está ahí, arrumbado sobre un colchón que no es lo
suficientemente frío como para sentirse muerto. Se pierde y regresa. Se
pierde y regresa. Lo repite una y otra vez: Se pierde…
Ohhh, baby, set me free.
Ohhh, I need a dirty woman.
Ohhh, I need a dirty girl.
… y regresa. Guitarrazos hacen que se
despierte por momentos. Vuelve a decaer, respira profundo. Siente que
sus pensamientos cavan en su piel. Las ideas socavan. Se soba, se rasca,
se pega, se besa. El pelo se atora en sus manos temblorosas. Ve la luz.
La siente en su piel. Exhala. Vuela. Inhala. Cava. Se pierde y regresa.
Cambia de lado, mantiene la misma posición fetal. Se abraza y se
miente: es otra persona. Abre la boca y percibe su aliento caliente.
Vuelve a ver la luz. Cierra los ojos mientras un piano precede al
huracán. Se hunde en su cama. El techo se eleva… se expande. Una voz
femenina encanta a sus poros. Se eriza. El escalofrío de sus piernas se
traslada pasivamente hasta su pecho al unísono de “The great gig in the
sky”. Abre los ojos. Se pierde en el remolino de su ropa y sus sábanas
apestosas al aroma de Sirena. El escalofrío se va. Vuelve. Le hace dueto
a la voz femenina… grita… Grita… GRITA… ¡¡GRITA!!… exhala. La quijada
le tiembla. Las manos le tiemblan. Su vista está nublada. Vuelve a ver
la luz, sigue solo. Se abraza.
How I wish, how I wish you were here.
Una lágrima, tan solo una lágrima. Siente
más por venir pero no salen, ni siquiera se asoman. Su cuello es
invadido por un escalofrío. Se soba, se rasca, se pega, se besa. Socava.
Una lágrima. Cierra los ojos. Ve sus lágrimas, las siente y no salen,
desaparecen. Inhala. Exhala. Inhala. Exhala. El pecho se le infla y se
mantiene así unos segundos. Se pierde y regresa. Exhala y suelta un
sollozo breve. Una lágrima. Cambia de posición. Abre las piernas, abre
los brazos. Mira al techo. Sus ojos proyectan una película, su película,
nuestra película. Aprieta los párpados para quemar esa cinta. Aprieta los puños y la mandíbula en un esfuerzo inútil por desaparecer.
Hey you! Would you help me to carry the stone?
Open your heart, I’m coming home.
Levanta los brazos con los puños cerrados
para gritar un solo de guitarra. No quiere ver la luz y se esconde
debajo de su almohada. Amenaza a la oscuridad. La rabia le anestesia la
quijada que permanecía temblorosa aun con los dientes clavados en la
almohada. Llora. Por fin llora.
Hello… hello… hello…
Baja los brazos. Se siente débil,
indefenso. La cama ahora sí está fría. Llora. Quita la almohada de su
rostro descompuesto. Ve la luz.
Come on… come on… now.
Sigue solo. Respira con pausa estertórea.
Llora. Regresa a la posición fetal. Se abraza y la recuerda, la siente
junto a sí. Mejor entrelaza sus manos. Las acaricia, las soba, las
arrulla, las besa. Exhala. Descansa.
Relax… relax… relax…
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