–En esta sale, señorita, en esta sale –anima un violinista. Nuevamente
se arrancan los 12 músicos, ahora tañendo con un placer más hondo sus
instrumentos para invocar la apertura de la puerta que se mantiene
cerrada. Por llevarte a los altares, cantaré con alegría. Alma
Rosa no lo puede soportar más, se dispone a salir de su auto y callar de
la forma que sea el canto pseudoamoroso de Sirena, pero en cuanto ella
sale de su Spark ve que Filos abre la puerta de su casa, se queda
inmóvil. El enojo de Filos por haber sido interrumpido en uno de sus
mejores momentos del día no supera en emoción a la sorpresa de haber
recibido, por primera vez en su vida, una serenata. Después de abrir la
puerta, el músico no tarda mucho en abrazar a Sirena y darle todos
aquellos besos que se tuvo que guardar en la mañana. Enfundados en el
abrazo, Sirena le pide matrimonio. Él se aleja de ella unos centímetros
para contemplarla: su sinceridad fulgura, al igual que aquella noche en
la que le pidió disculpas; en sus pupilas se aprecia ese diminuto punto
blanco que deja de manifiesto la presencia de su alma en esa
proposición. Él contesta con un beso cargado con la misma sinceridad. De
fondo, los mariachis celebran la consumación de su objetivo. Si nos dejan, hacemos con las nubes terciopelo.
Alejada de toda esa alegría, colocada en la penumbra de su corazón,
Alma Rosa derrama una lágrima seca enjugada con el sobre que guarda las
fotos de la nueva infidelidad de Sirena.
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