Comienzan el soundcheck con sus manos
enredadas entre su ropa. Prueban qué tan lejos llegarán. Prueban cómo
llegarían a ese lugar. El sudor inicia su torrente en la piel de ambos
aún oculta a sus ojos pero que las yemas de sus dedos ya conocen. Las
luces permanecen apagadas, no hay tiempo que perder prendiendo un
interruptor que estorbaría mientras afinan sus instrumentos. El
concierto se acerca y ellos todavía no se graban sus movimientos, no
saben sus posiciones sobre el escenario, no han ensayado la entrada y no
saben cómo saldrán. Son un dueto que se presentará por primera vez en
una plaza acostumbrada a los grupos sorpresa, los palomazos, invitados
especiales y las arias dedicadas al amanecer.
Dos sillones rojos
perfectamente limpios dan la bienvenida con los brazos abiertos, un
comedor de cristal que rebota la luz lunar, una laptop desconectada pero
con un LED vouyerista, botellas de licor semivacías que piden ser
acabadas a gritos, las copas que las acompañan noche a noche, el piso
laminado con mil conciertos trapeados, pinturas de un artista aún
desconocido, los focos que con los ojos entrecerrados tratan de
descifrar las figuras que se mueven debajo de ellos y las plantas
sedientas que siempre mendigan el rocío a la calle son el público que
agotó las entradas a este recital. Las bocinas musitan entre sí un
reclamo para no permanecer calladas, sus rumores son silenciados por el
ulular del viento sobre las cortinas que clama por el inicio de la
presentación. Los asistentes dejan inconclusa una ola al ver la señal
del arranque de su entretenimiento: la primera blusa ha caído en la
espalda del suelo. Las prendas son fuegos artificiales que hacen
estallar el alarido del público que celebra el estreno sin moverse de
sus lugares, las ven volar hacia todas direcciones, las reciben y les
abren cancha para que ellas tampoco se pierdan detalle del performance.
Es una presentación sin
pantallas, solo los más cercanos pueden observar claramente lo que
sucede en el escenario, pero todos alcanzan a escuchar los primeros
acordes de una canción que aún no identifican. Parece que los
protagonistas siguen afinando, prueban sus volúmenes y juguetean con sus
instrumentos. Sus manos son notas desatadas, libres de la jaula de una
partitura hasta que los tambores por fin son percutidos suavemente por
los dedos del ejecutante. El fraseo runruneante de ella se mece en
adagio, sus notas largas desaparecen en la mirada penetrante de su
público en espera del éxito radial que puedan corear. Ella cierra los
ojos y dirige su propio videoclip al ritmo que su compañero impone. Es
un pianissimo. Es una introducción ambiental con dosis de
suspenso. Ambos entran en ritmo, se alegran en sus cuatro cuartos,
undostrescuatro, undostrescuatro. El fraseo se interrumpe en los
momentos en que ella se queda sin aire. El bombo hace su entrada
triunfal. El pedal llega hasta lo más profundo de ella, que vocaliza con
vibratos para hilar la melodía. Las manos de él en su cintura, un
acordeón danzante que impone la armonía, mientras su lengua arpegia cada
traste de la piel de ella en busca de la tónica; la encuentra en el
cuello, una nota aguda que se debe de tocar en apassionato. Ya
no hace falta el diapasón, están afinados y amarrados. Interpretan un
free jazz de notas vagas en los huesos de ambos. Hay un silencio que no
es erróneo, es el preludio a un final que ni ellos conocen. Se mezclan
en ska, bailan el ritmo de la síncopa, se divierten en contrapunto de la
paz nocturna. Sus brazos, sus piernas, sus cabezas suben y bajan y
suben y bajan y suben y bajan. Sienten la brisa de un calor que viene de
adentro capaz de iluminar todo el departamento pero no lo dejan salir,
prefieren refugiarse en el reggae, en su ritmo lento. Se abrazan con el
mismo sentimiento con el que un blusero resguarda entre sus manos una
armónica. Se besan con la misma pasión que solo un saxofón puede imitar.
Este no es el final, es un réquiem, el fin del primer movimiento de
esta sinfonía. El encore termina. Ahora el pedal wah wah es el que
irrumpe el silencio. Dos cuerpos en masa amorfa, no se mueven, bailan
funk. Sus pasos iluminan los objetos que tocan. Sus sonrisas adornan un
ritmo que no quieren que termine. De verdad se divierten, lo disfrutan.
La risa de los dos goza un compás a capella para retomar la armonía en un fortissimo
que les hace cambiar de ritmo. Tocan un solo desesperado de speed metal
en busca de un final apoteósico. Laceran sus instrumentos. Llegan a
notas altísimas, inalcanzables para los sordos y los mudos. Ellos son
los únicos que las escuchan, los únicos que las crean. No hay espacio
para un silencio; todo es ruido en función de un cenit. La cima está
cerca, muy cerca. Los dos crean luz con un sonido. El fulgor es
apasionado y llena todo el departamento de un gemido emitido a coro.
Están en la última nota, la sostendrán con un vibrato hasta que el
último suspiro se desvanezca.
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